Absolución arzobispal
20120316-luowenbin
Genaro Rodas se detuvo
junto a la pared a encender un cigarrillo.calzado mbtLucio Vásquez asomó
cuando rascaba el fósforo en la cajetilla. Un perro vomitaba en la reja del
Sagrario.
—¿Cómo para dónde vas? ¡Vos si que me hacés gracia! ¿No habÃamos
quedado de juntarnos por aquÃ, pues?
—¡Ah! ¡Ah! Creà que te se habÃa
olvidado. Ya te voy a contar qué hubo de aquello. Vamos a meternos un trago. No
sé, pero tengo ganas de meterme un trago.mbt zapatosVenite, pasemos por el
Portal a ver si hay algo.
—No creo, vos, pero si querés pasemos; allÃ, desde
que prohibieron que llegaran a dormir los pordioseros, ni gatos se ven de
noche.
—Por fortuna, decÃ. Atravesemos por el atrio de la Catedral, si te
perece. Y qué aire el que se alborotó...
Después del asesinato del coronel
Parrales Sonriente,zapatillas mbtla PolicÃa Secreta no desamparaba ni un momento el Portal del Señor;
vigilancia encargada a los hombres más amargos. Vásquez y su amigo recorrieron
el Portal de punta a punta, subieron por las gradas que caÃan a la esquina del
Palacio Arzobispal y salieron por el lado de las Cien Puertas. Las sombras de
las pilastras echadas en el piso ocupaban el lugar de los mendigos. Una
escalera, y otra, y otra,calzadosadvertÃan que un pintor de brocha gorda iba a rejuvenecer el edificio. Y
en efecto, entre las disposiciones del Honorable Ayuntamiento encaminadas a
testimoniar al Presidente de la República su incondicional adhesión, sobresalÃa
la de pintura y aseo del edificio que habÃa sido teatro del odioso asesinato, a
costa de los turcos que en él tenÃan sus bazares hediondos a cacho quemado. «Que
paguen los turcos,mbt precios
que en cierto modo son culpables de la muerte del coronel Parrales Sonriente,
por vivir en el sitio en que se perpetró el crimen», decÃan, hablando en plata,
los severos acuerdos edilicios. Y los turcos, con aquellas contribuciones de
carácter vindicativo, habrÃan acabado más pobres que los pordioseros que antes
dormÃan a sus puertas sin la ayuda de amigos cuya influencia les permitió pagar
los gastos de pintura,mbtaseo
y mejora del alumbrado del Portal del Señor, con recibos por cobrar al Tesoro
Nacional, que ellos habÃan comprado por la mitad de su valor.
Pero la
presencia de la PolicÃa Secreta les aguó la fiesta. En voz baja se preguntaban
el porqué de aquella vigilancia. ¿No se licuaron los recibos en los recipientes
llenos de cal? ¿No se compraron a sus costillas brochas grandes como las barbas
de los Profetas de Israel? Prudentemente,zapatos mbtaumentaron en las
puertas de sus almacenes, por dentro, el número de trancas, pasadores y
candados.
20120316-luowenbin
Genaro Rodas se detuvo
junto a la pared a encender un cigarrillo.calzado mbtLucio Vásquez asomó
cuando rascaba el fósforo en la cajetilla. Un perro vomitaba en la reja del
Sagrario.
—¿Cómo para dónde vas? ¡Vos si que me hacés gracia! ¿No habÃamos
quedado de juntarnos por aquÃ, pues?
—¡Ah! ¡Ah! Creà que te se habÃa
olvidado. Ya te voy a contar qué hubo de aquello. Vamos a meternos un trago. No
sé, pero tengo ganas de meterme un trago.mbt zapatosVenite, pasemos por el
Portal a ver si hay algo.
—No creo, vos, pero si querés pasemos; allÃ, desde
que prohibieron que llegaran a dormir los pordioseros, ni gatos se ven de
noche.
—Por fortuna, decÃ. Atravesemos por el atrio de la Catedral, si te
perece. Y qué aire el que se alborotó...
Después del asesinato del coronel
Parrales Sonriente,zapatillas mbtla PolicÃa Secreta no desamparaba ni un momento el Portal del Señor;
vigilancia encargada a los hombres más amargos. Vásquez y su amigo recorrieron
el Portal de punta a punta, subieron por las gradas que caÃan a la esquina del
Palacio Arzobispal y salieron por el lado de las Cien Puertas. Las sombras de
las pilastras echadas en el piso ocupaban el lugar de los mendigos. Una
escalera, y otra, y otra,calzadosadvertÃan que un pintor de brocha gorda iba a rejuvenecer el edificio. Y
en efecto, entre las disposiciones del Honorable Ayuntamiento encaminadas a
testimoniar al Presidente de la República su incondicional adhesión, sobresalÃa
la de pintura y aseo del edificio que habÃa sido teatro del odioso asesinato, a
costa de los turcos que en él tenÃan sus bazares hediondos a cacho quemado. «Que
paguen los turcos,mbt precios
que en cierto modo son culpables de la muerte del coronel Parrales Sonriente,
por vivir en el sitio en que se perpetró el crimen», decÃan, hablando en plata,
los severos acuerdos edilicios. Y los turcos, con aquellas contribuciones de
carácter vindicativo, habrÃan acabado más pobres que los pordioseros que antes
dormÃan a sus puertas sin la ayuda de amigos cuya influencia les permitió pagar
los gastos de pintura,mbtaseo
y mejora del alumbrado del Portal del Señor, con recibos por cobrar al Tesoro
Nacional, que ellos habÃan comprado por la mitad de su valor.
Pero la
presencia de la PolicÃa Secreta les aguó la fiesta. En voz baja se preguntaban
el porqué de aquella vigilancia. ¿No se licuaron los recibos en los recipientes
llenos de cal? ¿No se compraron a sus costillas brochas grandes como las barbas
de los Profetas de Israel? Prudentemente,zapatos mbtaumentaron en las
puertas de sus almacenes, por dentro, el número de trancas, pasadores y
candados.
