La cabeza de un general
20120315-luowenbin
Miguel Cara de Ãngel, el hombre de toda la confianza del Presidente,
entró de sobremesa.calzado mbt—¡Mil excusas, señor Presidente! —dijo al asomar a la puerta del comedor.
(Era bello y malo como Satán)—. ¡Mil excusas, Señor Presidente, si vengo-ooo...
pero tuve que ayudar a un leñatero con un herido que recogió de la basura y no
me fue posible venir antes! ¡Informo al Señor Presidente que no se trataba de
persona conocida, sino de uno asà como cualquiera!
El Presidente vestÃa,mbt zapatoscomo siempre, de luto
riguroso: negros los zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el
sombrero que nunca se quitaba; en los bigotes canos, peinados sobre las
comisuras de los labios, disimulaba las encÃas sin dientes, tenÃa los carrillos
pellejudos y los párpados como pellizcados.—¡Yo, el primero, Señor Presidente,
entre los muchos que profesamos la creencia de que un hombre como usted deberÃa
gobernar un pueblo como Francia, o la libre Suiza,zapatillas mbto la industriosa
Bélgica o la maravillosa Dinamarca!... Pero Francia..., Francia sobre todo...
¡Usted serÃa el hombre ideal para guiar los destinos del gran pueblo de Gambetta
y VÃctor Hugo!
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó bajo el bigote del
Presidente, el cual, limpiando sus anteojos con un pañuelo de seda blanca, sin
dejar de mirar a Cara de Ãngel,calzados mbttras una breve pausa
encaminó la conversación por otro lado.
—Te llamé, Miguel, para algo que me
interesa que se arregle esta misma noche. Las autoridades competentes han
ordenado la captura de ese pÃcaro de Eusebio Canales, el general que tú conoces,
y lo prenderán en su casa mañana a primera hora. Por razones particulares,
aunque es uno de los que asesinaron a Parrales Sonriente,mbt preciosno conviene al Gobierno
que vaya a la cárcel y necesito su fuga inmediata. Corre a buscarlo, cuéntale lo
que sabes y aconséjale, como cosa tuya, que se escape esta misma noche. Puedes
prestarle ayuda para que lo haga, pues, como todo militar de escuela, cree en el
honor, se va a querer pasar de vivo y si lo agarran mañana le quito la cabeza.
Ni él debe saber esta conversación;mbtsolamente tú y yo... Y tú ten
cuidado que la policÃa no se entere que andas por ahÃ; mira cómo te las arreglas
para no dar el cuerpo y que este pÃcaro se largue. Puedes retirarte.
El
favorito salió con media cara cubierta en la bufanda negra. (Era bello y malo
como Satán). Los oficiales que guardaban el comedor del amo le saludaron
militarmente. Presentimiento;zapatos mbto acaso habÃan oÃdo que
llevaba en las manos la cabeza de un general. Sesenta desesperados bostezaban en
la sala de audiencia, esperando que el Señor Presidente se desocupara. Las
calles cercanas a Palacio y a la Casa Presidencial se veÃan alfombradas de
flores. Grupos de soldados, al mando del Comandante de Armas, adornaban el
frente de los cuarteles vecinos con faroles, banderitas y cadenas de papel de
China azul y blanco.
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Miguel Cara de Ãngel, el hombre de toda la confianza del Presidente,
entró de sobremesa.calzado mbt—¡Mil excusas, señor Presidente! —dijo al asomar a la puerta del comedor.
(Era bello y malo como Satán)—. ¡Mil excusas, Señor Presidente, si vengo-ooo...
pero tuve que ayudar a un leñatero con un herido que recogió de la basura y no
me fue posible venir antes! ¡Informo al Señor Presidente que no se trataba de
persona conocida, sino de uno asà como cualquiera!
El Presidente vestÃa,mbt zapatoscomo siempre, de luto
riguroso: negros los zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el
sombrero que nunca se quitaba; en los bigotes canos, peinados sobre las
comisuras de los labios, disimulaba las encÃas sin dientes, tenÃa los carrillos
pellejudos y los párpados como pellizcados.—¡Yo, el primero, Señor Presidente,
entre los muchos que profesamos la creencia de que un hombre como usted deberÃa
gobernar un pueblo como Francia, o la libre Suiza,zapatillas mbto la industriosa
Bélgica o la maravillosa Dinamarca!... Pero Francia..., Francia sobre todo...
¡Usted serÃa el hombre ideal para guiar los destinos del gran pueblo de Gambetta
y VÃctor Hugo!
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó bajo el bigote del
Presidente, el cual, limpiando sus anteojos con un pañuelo de seda blanca, sin
dejar de mirar a Cara de Ãngel,calzados mbttras una breve pausa
encaminó la conversación por otro lado.
—Te llamé, Miguel, para algo que me
interesa que se arregle esta misma noche. Las autoridades competentes han
ordenado la captura de ese pÃcaro de Eusebio Canales, el general que tú conoces,
y lo prenderán en su casa mañana a primera hora. Por razones particulares,
aunque es uno de los que asesinaron a Parrales Sonriente,mbt preciosno conviene al Gobierno
que vaya a la cárcel y necesito su fuga inmediata. Corre a buscarlo, cuéntale lo
que sabes y aconséjale, como cosa tuya, que se escape esta misma noche. Puedes
prestarle ayuda para que lo haga, pues, como todo militar de escuela, cree en el
honor, se va a querer pasar de vivo y si lo agarran mañana le quito la cabeza.
Ni él debe saber esta conversación;mbtsolamente tú y yo... Y tú ten
cuidado que la policÃa no se entere que andas por ahÃ; mira cómo te las arreglas
para no dar el cuerpo y que este pÃcaro se largue. Puedes retirarte.
El
favorito salió con media cara cubierta en la bufanda negra. (Era bello y malo
como Satán). Los oficiales que guardaban el comedor del amo le saludaron
militarmente. Presentimiento;zapatos mbto acaso habÃan oÃdo que
llevaba en las manos la cabeza de un general. Sesenta desesperados bostezaban en
la sala de audiencia, esperando que el Señor Presidente se desocupara. Las
calles cercanas a Palacio y a la Casa Presidencial se veÃan alfombradas de
flores. Grupos de soldados, al mando del Comandante de Armas, adornaban el
frente de los cuarteles vecinos con faroles, banderitas y cadenas de papel de
China azul y blanco.
